
Hace unas semanas comencé a ver la serie “En el Barro” de la plataforma Netflix. Narra la vida de mujeres que están presas por variados delitos y llevan su condena también en variadas condiciones: viudas, embarazadas, con hijos, trabajando, estudiando. La pauta común parece ser el abuso por su condición de mujeres: hombres que traicionan, explotan y se aprovechan de sus vulnerabilidades desde su vida personal (parejas principalmente) y desde su situación judicial: la falta de libertad/defensa.
Paralelamente a la situación de las protagonistas está la historia del “tráfico de niños”, hijos de las presidiarias que nacen antes o durante su condena y que son “vendidos” a familias que puedan darles un porvenir mejor (lo que es tristemente la mejor oferta posible). Se lucra con el afecto, el vínculo, el sexo, la justicia. Todo aquello que aparece dentro de nuestro implícito y a la vez tan inestable código de valores, dentro de la cárcel es una moneda de cambio.
Las historias personales están bien hechas, los personajes son un recorrido psíquico y emocional que va de la psicopatía absoluta a la desregulación total o la propia de personas que viven experiencias límites y van ajustando su vida emocional a tales condiciones. Como me dijo mi marido “cuesta verla”, porque hay violencia y harta y cuando no la hay se espera y se presiente. Por eso la vi sola y por eso la seguí viendo, a mí también me costaba; pero al mismo tiempo el guion me iba ofertando una experiencia no resuelta, personajes queribles/odiables/queribles otra vez/juzgables/no juzgables, algo que decodificar. Montaña rusa de adherencias que cambiaron a cada rato, sobre todo con las “cabecillas” de grupo, las líderes.
Como en el mito de creación del Génesis, este origen desde la tierra misma (barro), no tiene que ver con fortalezas intrínsecas, sino con debilidades a superar (seguro que Eva también se habría ido presa en esta lógica, si finalmente fue la única indicada como “responsable” de transgresión a la ley divina). Lo femenino es para engañar, burlase, aprovecharse y explotar.
A la mitad de la serie y probablemente con la introducción de “La gallega” – personaje absolutamente psicopático- entendí qué es lo que me estaba pasando. El reingreso de esta mujer pone en movimiento los dinamismos que ya estaban resueltos, las alianzas se disuelven y llueven las traiciones por “arrimarse al árbol más fuerte” pero ¿cómo saber cuál es? La clave valórica, el código es la subsistencia, pero asociada al poder, asociada a esa idea de que hay que arrimarse al poder en la medida de lo posible. Entonces entiendo que la serie nos muestra la vulnerabilidad de lo femenino en la vida, en las relaciones de pareja, el tremendamente susceptible vínculo que es la maternidad y lo abusivos que pueden ser los hombres en todos estos contextos; sin embargo cuando se trata de ser “presa” (en sentido judicial así como en el de la caza), lo que importa para sobrevivir es precisamente es convertirse en un “hombre hegemónico”, de acuerdo a los valores de nuestra cultura.
Se vive, se siente cómo lo femenino es débil e inestable, queda descartado por que representa vulnerabilidad, debilidad y miedo. Amar te hace vulnerable. Como en el mito de creación del Génesis, este origen desde la tierra misma (barro), no tiene que ver con fortalezas intrínsecas, sino con debilidades a superar (seguro que Eva también se habría ido presa en esta lógica, si finalmente fue la única indicada como “responsable” de transgresión a la ley divina). Lo femenino es para engañar, burlase, aprovecharse y explotar.
Entonces vemos que los liderazgos surgen de los patriarcalismos más extremos y absolutistas: mujeres que explotan mujeres, mujeres que son amenazantes físicamente, mujeres que son amenazantes porque tienen poder. Las historias de vida y las circunstancias que unen a estas mujeres son distintas, pero para sobrevivir a circunstancias extremas todas deben convertirse en un “macho” o arrimarse a uno. ¿cómo pensar lo femenino como algo positivo aquí entonces?
Pensé que las lógicas de las guerras, el crimen organizado, las redes de narcotráfico y todo aquello que juzgamos como despreciable es una recreación cruda del patriarcado: poderosos y sometidos. No hay más. Y que estas lógicas que “nos cuesta ver” en series o en la vida real son parte del modelo del que participamos todos.
¿Cómo que todos?
Imagínense que nuestro modelo estructural es un gran crucero. Probablemente las clases más acomodadas – los que van en la cubierta superior- tienen la visión más funcional, grata y recreativa de esta organización social. Experimentan su día a día en un orden y una “estética” completamente funcionales y con perspectiva a un amplio horizonte; porque lo que es mas feo está precisamente lejos de su vista.
Los pisos del medio, – la clase media- vive más de cerca el “ruido” que viene de los pisos inferiores- viven con temor de ser alcanzados por tales dinámicas; pero al mismo tiempo tienen también la percepción funcional y brillante de la vida en la cubierta superior. Aspiran a ella o eligen sentirse identificados con ese brillo. La percepción de viaje de las capas de más abajo es totalmente distinta. Tiene otro olor, otro color, otra forma y decimos también otra norma; pero no, no es otra norma. Existe la ilusión de que unos van en el viaje del éxito, los otros en el de la oportunidad y los de abajo … en otro viaje, pero es exactamente el mismo crucero, con el mismo origen y destino. El rayado de cancha es el mismo en las tres capas; pero con distintos niveles de privilegios, porque así tiene que ser para que la lógica del poder funcione. Negando por completo que “lo inferior existe” – así como hacemos con todo lo inconsciente-
Las mujeres de “en el barro” tienen que “hacerse hombres” para sobrevivir (quisiera que no me malentiendan en la lógica del género, no digo que los hombres, “XY”, son todos delincuentes psicópatas o malos per se, digo que la lógica del poder tiene esas características y en nuestra cultura un hombre se ve impelido a obtener poder para ser valorado y respetado, que exactamente lo que hacen estas mujeres).
Resulta curioso entonces que si estamos tan convencidos de que el modelo es razonable, cuando lo vemos en su verdadera representación, o desde los márgenes, nos cueste “seguir viendo”. Queremos sentir que no tenemos nada que ver con eso, pero vamos todos en el mismo barco.
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